PARTE I — LA NIÑA QUE VIO MOVERSE SUS OJOS
—Tus ojos se han movido, tío Lorenzo.
Mia Bennett lo dijo tan bajito que cualquier adulto situado en el pasillo podría no haberla oído.
Lorenzo Duca sí.
Clara también.
La mujer se quedó completamente inmóvil junto al vaso de agua roto, con una mano todavía suspendida en el aire.
La luz de la tarde entraba por los enormes ventanales de la habitación principal de la mansión Duca y se extendía sobre el suelo pulido, los muebles de tonos crema y la silla de ruedas negra donde Lorenzo permanecía sentado.
No movió la cabeza.
No cambió la respiración.
Ni siquiera tensó los dedos.
A ojos de cualquiera, era exactamente el hombre que toda Nueva York creía que era desde hacía seis semanas.
Ciego.
Paralizado del cuello hacia abajo.
Dependiente de los demás hasta para beber agua.
Mia, sin embargo, lo observaba con la absoluta convicción de una niña de seis años que todavía no había aprendido a desconfiar de aquello que acababa de ver.
—Cuando se cayó el vaso —insistió—, miraste hacia abajo.
—Mia.
La voz de Clara sonó más brusca de lo que pretendía.
La niña volvió la cabeza.
—Ven aquí.
Pero entonces reparó en otra cosa.
Un diminuto trozo de cristal había rozado uno de los dedos de Lorenzo.
Apenas era un arañazo.
Una línea roja apareció sobre su piel.
—¡Ay!
Mia metió ambas manos en los bolsillos de su vestido amarillo de pequeñas flores.
—Mia, no…
Demasiado tarde.
La niña sacó una tirita de colores decorada con dibujos.
Se acercó a Lorenzo.
Con la lengua ligeramente asomada entre los labios por la concentración, retiró el papel protector y envolvió torpemente el dedo herido.
La tirita quedó torcida.
Mia la alisó con dos dedos.
—Ya está.
Después dio un pequeño golpecito sobre la mano inmóvil de Lorenzo.
—Ahora la pupa ya sabe que tiene que curarse.
Clara deseó desaparecer.
—Señor Duca, lo siento muchísimo. Sabe perfectamente que no puede entrar en las habitaciones de la familia.
Mia ignoró la reprimenda.
Se inclinó hacia Lorenzo.
—Puedo ser tus ojos hasta que los tuyos se pongan bien.
Detrás de los cristales oscuros, Lorenzo Duca la estaba mirando directamente.
Y por primera vez desde que alguien había intentado matarlo, sintió miedo.
No por él.
Por aquella niña.
Porque Mia había descubierto en menos de dos minutos lo que una casa llena de hombres acostumbrados a mentir, vigilar y desconfiar no había descubierto en seis semanas.
Lorenzo podía ver.
Y también podía moverse.
Aquello no era un milagro.
Era un secreto.
Y si la persona equivocada comprendía lo que Mia acababa de descubrir, todo el plan de Lorenzo se derrumbaría.
SEIS SEMANAS ANTES
La carretera de la costa de Long Island estaba empapada.
Llovía con tanta intensidad que los limpiaparabrisas apenas conseguían apartar el agua.
Lorenzo conducía solo.
Había rechazado al chófer porque necesitaba pensar.
Durante las últimas semanas había encontrado irregularidades en varias sociedades del grupo Duca.
Dinero movido sin autorización.
Contratos firmados con empresas que apenas existían.
Facturas duplicadas.
Nada lo bastante grande por separado para provocar una crisis.
Todo lo bastante extraño junto para despertar sus sospechas.
Estaba a menos de veinte minutos de casa cuando pisó el freno.
El pedal descendió demasiado.
Lorenzo frunció el ceño.
Volvió a pisarlo.
Nada.
La curva apareció delante de él.
Más allá de la barrera, el terreno descendía bruscamente hacia el agua.
Lorenzo tiró del freno de emergencia y giró el volante.
El coche golpeó la protección lateral.
El cristal estalló.
El metal chilló.
Durante unos segundos el mundo dejó de tener arriba y abajo.
Cuando todo terminó, Lorenzo estaba colgado del cinturón dentro de un vehículo destrozado.
Le ardían las costillas.
El hombro izquierdo parecía partido.
Tenía sangre en la cara.
Pero sintió las piernas.
Movió los dedos.
Podía ver.
Consiguió salir por una ventanilla rota.
Cayó sobre el asfalto mojado.
Entonces percibió el olor.
Líquido de frenos.
Algo no encajaba.
Horas después, ya en el hospital, recibió una llamada de Raphael Bruno.
Raphael llevaba trabajando para la familia Duca desde antes de que Lorenzo cumpliera veinte años.
Había sido amigo de su padre.
Y probablemente era el único hombre vivo al que Lorenzo habría confiado su vida sin hacer una segunda pregunta.
—Han revisado el coche.
Lorenzo observó el techo blanco.
—Habla.
Hubo una pausa.
—El conducto del freno está cortado.
Lorenzo no respondió.
—No es desgaste —añadió Raphael—. Ni un golpe del accidente.
—¿Seguro?
—Completamente.
Lorenzo cerró los ojos.
Sólo tres personas podían acceder con facilidad a su garaje privado.
Él.
Su hermano Matteo.
Y Damian Cole, el nuevo jefe de seguridad que Matteo había recomendado apenas cuatro meses antes.
Recordó entonces algo que su padre le había dicho cuando él tenía diecisiete años.
“Si oyes una rata dentro de una pared, no empieces a golpearlo todo. Haz silencio. La rata saldrá cuando crea que nadie la escucha.”
Lorenzo abrió los ojos.
—Raphael.
—¿Sí?
—Nadie debe saber que puedo moverme.
Silencio al otro lado.
—¿Qué estás pensando?
—Que alguien ha intentado matarme.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
La voz de Lorenzo se volvió fría.
—Sabemos que alguien lo ha intentado. Todavía no sabemos quién.
El plan nació aquella misma noche.
Las lesiones de Lorenzo eran reales.
Dos costillas rotas.
Un hombro dañado.
Golpes severos.
Pero su médula estaba intacta.
Su visión también.
Dr. Elias Vance, médico privado de la familia desde hacía años, se convirtió en la tercera persona que conocía la verdad.
La información que llegó al resto de la familia fue mucho más grave.
Daño neurológico.
Pérdida de visión.
Ausencia de movilidad voluntaria.
Pronóstico incierto.
Cuando Lorenzo regresó a la mansión en silla de ruedas, llevaba gafas negras y el rostro inexpresivo.
Isabella Rossi fue la primera en salir a recibirlo.
Era su prometida.
Elegante.
Impecable.
Capaz de llorar sin que el maquillaje pareciera sufrir las consecuencias.
Se arrodilló junto a él.
—Dios mío, Lorenzo…
Le besó la frente.
—Estoy aquí.
Lorenzo no reaccionó.
Después apareció Matteo.
Cuatro años menor que él.
El hermano al que Lorenzo había protegido desde niño.
Matteo lo abrazó.
—No tienes que preocuparte por nada.
Lorenzo escuchó.
—Yo mantendré todo en marcha hasta que te recuperes.
Fue entonces cuando ocurrió.
Detrás de los cristales oscuros, Lorenzo vio a Isabella mirar a Matteo.
No duró ni un segundo.
Pero no fue una mirada inocente.
No parecía la mirada de dos personas preocupadas.
Parecía la de dos personas que compartían información.
Aquella noche Isabella anunció que dormiría en una habitación de invitados.
—El equipo médico hace demasiado ruido.
Lorenzo fingió no oír.
Ella le dio un beso en la mejilla y salió.
Durante las siguientes seis semanas, la silla de ruedas se convirtió en el mejor escondite que Lorenzo había tenido en su vida.
Descubrió algo inquietante.
La gente hablaba demasiado delante de un hombre al que creía incapaz de reaccionar.
Matteo hacía llamadas de negocios a pocos metros.
Damian cambiaba turnos de seguridad sin consultar a Raphael.
Isabella susurraba conversaciones en los pasillos.
Empezaron a aparecer documentos que requerían la firma de Lorenzo.
Poderes temporales.
Delegaciones.
Autorizaciones.
Varias personas veteranas de la empresa fueron apartadas.
Otras, recomendadas por Matteo, ocuparon sus puestos.
Y Lorenzo permanecía allí.
Escuchando.
Memorizando.
Esperando.
Hasta que apareció Mia.
CLARA BENNETT
Clara tenía treinta y dos años.
Llevaba tres trabajando en la finca.
Era discreta, eficiente y poco dada a hacer preguntas.
Su marido Daniel había muerto en un accidente laboral cuando Mia todavía era un bebé.
Desde entonces, Clara había construido toda su vida alrededor de una única prioridad.
Su hija.
Vivía en una pequeña vivienda del ala de servicio porque su sueldo no le permitía pagar alquiler y cuidados infantiles al mismo tiempo.
Conocía perfectamente las reglas de la casa.
Los niños no entraban en las zonas privadas.
No interrumpían reuniones.
No se acercaban a los miembros de la familia sin permiso.
Clara cumplía cada norma.
Aquel día, la mujer que cuidaba habitualmente de Mia había cancelado a última hora.
Clara no podía faltar al trabajo.
Así que llevó a la niña consigo.
Le hizo prometer que permanecería en la zona de empleados.
Mia prometió.
Y después hizo exactamente lo que suelen hacer los niños de seis años cuando algo despierta su curiosidad.
Siguió a su madre.
Clara estaba llevando una bandeja con agua y té a la habitación de Lorenzo cuando Mia apareció detrás.
Clara giró demasiado deprisa.
El vaso cayó.
El cristal se hizo añicos.
Lorenzo reaccionó instintivamente con los ojos.
Sólo durante una fracción de segundo.
Fue suficiente.
—Tus ojos se han movido, tío Lorenzo.
Ahora Clara recogía los trozos rotos intentando sacar a su hija de allí antes de que empeorara la situación.
Lorenzo quería hablar.
Quería decirle que no la reprendiera.
Pero oyó pasos.
Reconoció el sonido de los tacones antes incluso de que se abriera la puerta.
Isabella entró.
Matteo estaba detrás.
Isabella se detuvo.
—¿Qué hace ella aquí?
Clara bajó la cabeza.
—Lo siento. Estaba trayendo el té del señor Duca.
—Me refiero a la niña.
Mia se acercó a su madre.
Matteo sonrió.
—Isabella, tiene seis años.
—Y no debería estar aquí.
Su mirada pasó del vaso roto a Lorenzo.
—¿Qué ha ocurrido?
Clara abrió la boca.
Mia fue más rápida.
—Se ha caído el vaso.
Matteo la miró.
—¿Y qué más?
—El tío Lorenzo…
Clara cogió la mano de su hija.
—Tenemos que irnos.
—Pero mamá…
—Ahora.
La llevó hacia la puerta.
Mia se volvió.
—Quería contarles que…
Clara cerró la puerta detrás de ellas.
Silencio.
Matteo se acercó a Lorenzo.
—¿Qué quería decir?
Isabella se encogió de hombros.
—Algo de niña.
Matteo no pareció convencido.
Se inclinó frente a Lorenzo.
Movió una mano delante de sus gafas.
Lorenzo no pestañeó.
Más cerca.
Nada.
Matteo sonrió.
—Hay algo que echo de menos.
Isabella lo miró.
—¿Qué?
—Que me interrumpa.
Isabella soltó una pequeña carcajada.
Lorenzo la guardó en la memoria junto con todo lo demás.
Matteo caminó detrás de la silla.
—La reunión del consejo es el viernes.
—Él no puede participar.
—No hace falta.
Matteo abrió una carpeta.
—Sólo necesitamos que el control pase temporalmente a otra persona.
Isabella bajó la voz.
—¿Temporalmente?
Matteo miró hacia Lorenzo.
Sonrió.
—Sobre el papel.
Isabella se acercó.
—Dijiste que cuando la empresa fuera tuya…
Matteo puso un dedo sobre sus labios.
Lorenzo sintió que algo helado se asentaba dentro de su pecho.
No necesitaba verlos besarse.
Aquel gesto bastaba.
Su hermano.
Su prometida.
Juntos.
Y posiblemente unidos desde antes del accidente.
LA VISITA DE LAS CUATRO DE LA MAÑANA
Aquella madrugada la mansión estaba casi completamente en silencio.
Lorenzo no dormía.
Apenas lo hacía desde el accidente.
A las cuatro escuchó unos pequeños pasos descalzos.
La puerta se abrió.
Mia entró.
Llevaba un pijama cubierto de estrellas.
Cerró cuidadosamente.
Lorenzo permaneció inmóvil.
La niña se acercó.
—Sé que estás despierto.
Nada.
Mia arrastró una silla.
Subió a ella.
—No tienes que fingir conmigo.
Lorenzo sintió que el corazón aceleraba.
Mia sacó algo que llevaba escondido detrás de la espalda.
Un dibujo doblado.
Lo abrió sobre sus piernas.
Había dibujado a un hombre alto sentado en una silla de ruedas.
A su lado estaba una niña amarilla.
Encima de los dos brillaba un sol enorme.
Abajo había escrito con letras torcidas:
“YO SERÉ TUS OJOS.”
Lorenzo sintió una presión inesperada en la garganta.
Mia acercó la boca a su oído.
—También he oído algo.
Toda su atención cambió.
—Anoche estaba buscando a mi gato de juguete.
Mia miró hacia la puerta.
—Escuché al señor Matteo hablando con el señor Damian.
Lorenzo permaneció inmóvil.
—Dijo que tú no tenías que haber sobrevivido.
El silencio fue absoluto.
Y entonces Lorenzo cometió el primer error de seis semanas.
Su mano se cerró sobre el reposabrazos.
Mia sonrió.
—Lo sabía.
Lorenzo estaba a punto de hablar cuando escuchó algo.
Pasos.
No avanzaban.
Se habían detenido frente a la habitación.
Mia también los oyó.
La sonrisa desapareció.
El pomo de la puerta comenzó a girar.
Lorenzo soltó el reposabrazos.
Mia saltó de la silla.
No tenía tiempo de regresar al pasillo.
Lorenzo indicó con un mínimo movimiento de los ojos el lateral de la cama.
La niña entendió.
Se escondió.
La puerta se abrió.
Damian entró.
Alto.
Traje oscuro.
Una expresión que nunca parecía cambiar.
Observó la habitación.
Luego a Lorenzo.
—Señor Duca.
Silencio.
Damian avanzó.
Miró la silla que Mia había movido.
Después el dibujo sobre las piernas de Lorenzo.
Lo recogió.
Lorenzo sintió que la sangre se le helaba.
Damian leyó.
“YO SERÉ TUS OJOS.”
Se quedó observándolo unos segundos.
Después miró hacia la cama.
Mia estaba escondida al otro lado.
Damian dio un paso.
Otro.
Y entonces alguien apareció en la puerta.
Clara.
—Mia.
Damian se volvió.
La niña salió de detrás de la cama.
Clara palideció.
—¿Qué haces aquí?
Mia corrió hacia ella.
Damian levantó el dibujo.
—Parece que su hija se ha encariñado con el señor Duca.
Clara cogió a Mia.
—Lo siento.
—Debería vigilarla mejor.
—No volverá a ocurrir.
Damian miró a la niña.
—¿Verdad, Mia?
Mia se escondió detrás de su madre.
—Verdad.
Damian sonrió.
Clara salió con su hija.
Sólo cuando la puerta se cerró, Damian volvió a mirar a Lorenzo.
Se acercó.
—Qué curioso.
Lorenzo no reaccionó.
Damian permaneció delante de él casi un minuto.
Después se marchó.
Lorenzo supo que el tiempo se estaba acabando.
LA PRIMERA VEZ QUE CLARA LO VIO CAMINAR
A la mañana siguiente, Clara recibió una orden.
Debía abandonar la finca al terminar su turno.
No había explicación.
Tres años de trabajo.
Ninguna sanción.
Ninguna queja.
De repente estaba despedida.
Clara entendió quién había dado la orden.
Fue a recoger sus cosas.
Cuando entró en su vivienda del ala de servicio, Raphael estaba esperando.
—El señor Duca quiere hablar con usted.
Clara se quedó desconcertada.
—El señor Duca no puede hablar.
Raphael la observó.
—Acompáñeme.
Entraron en una pequeña biblioteca interior que llevaba semanas cerrada.
Raphael cerró la puerta.
Clara vio la silla de ruedas.
Lorenzo estaba sentado de espaldas.
—¿Qué significa esto?
Entonces Lorenzo se quitó lentamente las gafas.
Clara dejó de respirar.
Él se levantó.
No con total facilidad.
Todavía sentía dolor en el costado.
Pero se puso de pie.
Clara dio dos pasos atrás.
—Dios mío…
—Su hija tenía razón.
Clara lo miró como si acabara de ver a un muerto regresar.
—¿Usted… puede caminar?
—Sí.
—¿Y puede ver?
—Perfectamente.
La sorpresa se convirtió rápidamente en otra cosa.
Rabia.
—Mi hija está metida en esto.
—Lo sé.
—¡Tiene seis años!
—Clara…
—¿Sabe lo que podría ocurrirle si esas personas creen que ha descubierto algo?
Lorenzo no intentó defenderse.
—Por eso voy a sacarlas de aquí.
Clara tomó aire.
—¿Quién intentó matarle?
—Todavía necesito demostrarlo.
—Pero lo sabe.
Lorenzo pensó en Matteo.
—Creo que sí.
Clara guardó silencio.
Después dijo algo que él no esperaba.
—Mia oyó más.
Lorenzo levantó la vista.
—¿Qué?
—No quería decírmelo anoche. Tenía miedo de que me enfadara por haber salido de la habitación.
Clara tragó saliva.
—Escuchó a su hermano decir que el viernes todo estaría firmado.
—La reunión.
—Y después el señor Damian preguntó: “¿Y si sigue vivo demasiado tiempo?”
Lorenzo sintió un escalofrío.
—¿Qué respondió Matteo?
Clara lo miró.
—“Entonces terminaremos lo que empezó en la carretera.”
Ahora ya no había duda.
Pero saberlo y demostrarlo eran dos cosas distintas.
Lorenzo miró a Raphael.
—El viernes.
Raphael entendió.
—¿Seguro?
—Si actuamos ahora negarán todo.
Clara negó.
—No pienso usar a mi hija como parte de una trampa.
—No lo hará.
Lorenzo se volvió hacia ella.
—Mia no estará aquí.
Clara lo observó durante unos segundos.
—¿Y usted?
Lorenzo volvió a ponerse las gafas.
—Yo llevo seis semanas esperando a que mi hermano crea que ha ganado.
EL VIERNES
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, nadie en la mansión supo que Clara y Mia seguían bajo protección de Raphael.
Oficialmente, Clara había sido despedida.
Matteo pareció relajarse.
Isabella también.
El viernes por la mañana llegaron varios miembros del consejo de administración.
También dos abogados.
Sobre una mesa había una carpeta preparada.
Matteo habló con tono grave.
—Mi hermano no puede dirigir la compañía en estas condiciones.
Todos miraron a Lorenzo.
Silla de ruedas.
Gafas negras.
Manos inmóviles.
Una presencia silenciosa.
—Necesitamos continuidad —continuó Matteo—. Sólo hasta que sepamos si existe alguna posibilidad real de recuperación.
Uno de los consejeros preguntó:
—¿Qué propone exactamente?
—Una transferencia temporal de facultades ejecutivas.
Isabella permanecía detrás de Lorenzo.
Apoyó una mano sobre su hombro.
—Es lo que él querría.
Detrás de las gafas, Lorenzo estuvo a punto de sonreír.
Durante años había creído conocer a aquella mujer.
Ahora escuchaba cómo utilizaba su voz para robarle su propia voluntad.
Los abogados empezaron a revisar los documentos.
Raphael permanecía cerca de la puerta.
Damian lo observaba.
Matteo se acercó a Lorenzo.
—Hermano.
Se inclinó.
—No te preocupes.
Su voz era baja.
—Yo cuidaré de todo.
Lorenzo no reaccionó.
Matteo añadió, casi en un susurro:
—Como siempre debería haber sido.
Después se incorporó.
Uno de los abogados señaló un problema.
—Necesitamos confirmar determinados poderes.
Matteo frunció el ceño.
—Ya están preparados.
—Falta una validación.
La tensión aumentó.
Isabella miró el reloj.
Damian recibió un mensaje.
Salió del salón.
Raphael lo siguió con los ojos.
Minutos después volvió.
Pero ahora estaba pálido.
Se acercó a Matteo.
Le susurró algo.
Matteo giró inmediatamente hacia Lorenzo.
Isabella preguntó:
—¿Qué pasa?
Matteo no respondió.
Damian acababa de descubrir que Clara no había abandonado la propiedad.
Peor todavía.
Habían encontrado a Mia hablando con uno de los hombres de Raphael.
Matteo cerró la carpeta.
—Necesitamos un descanso.
Uno de los consejeros protestó.
—Estamos en mitad de…
—Cinco minutos.
Matteo salió.
Isabella lo siguió.
Damian también.
Lorenzo permaneció en su silla.
Raphael cruzó la mirada con él.
